Hoy recuerdo con amargura como unos años antes de morir mi padre, protagonista de este blog, cansado de las bofetadas que la vida le había dado durante el ejercicio de su profesión, anhelaba profundamente la jubilación, para poder así dedicarse todo el tiempo que pudiera a la pintura, sin duda su mayor afición. Lamentablemente, una de esas enfermedades raras le arrebató la vida a la edad de 60 años, sin que pudiera cumplir su sueño. Hoy, 23 años después de su pérdida, con este blog intento hacerle un homenaje, dando a conocer su perfil humano y parte de su obra pictórica. Espero que me sea perdonada la parcialidad con la que me referiré a todo lo concerniente a mi padre pero es que, al ser su hijo, no sabría expresarme de otra forma. En todo caso, estoy seguro de contar con la complicidad de la mayoría de las personas que le conocieron, pues no se de nadie que no haya calificado a mi padre como una buena persona.
Biografía
Joaquín García Montoto nació en Gijón (Asturias) el 24 de marzo de 1926, en el seno de una sencilla familia asturiana y falleció en esta misma ciudad el 23 de octubre de 1986, victima de una polimiositis, enfermedad provocada por un virus de origen desconocido. Montoto, como era conocido entre sus amigos y compañeros, era hijo de Joaquín García Cuesta, un auxiliar de farmacia, afincado en la villa de Gijón, donde llegó en 1910 desde Cangas de Onís, su pueblo natal, y que tenía una pasión: la fotografía. Quizás Joaquín no era precisamente un amante padre de familia, ya que vivía algo distante de sus hijos y esposa, dedicándole la mayor parte de su tiempo libre a la fotografía, afición por la que llegó a ser relativamente conocido, pues no en vano él fue uno de los creadores de unos álbumes realizados con fines turísticos, titulados “Las Bellezas de Asturias” (ver enlace), donde aportó una amplia colección de fotografías de paisajes asturianos. La madre de Montoto era Engracia Montoto del Valle, nacida en la aldea asturiana de Carrandi (Colunga), de donde, siendo aún muy joven, partió hacia Gijón para casarse con Joaquín. Engracia era una mujer única: cariñosa, abierta y, pese a los muchos sinsabores de su vida, siempre estaba de buen humor. Seguramente este carácter fue heredado por Joaquín, su hijo menor y protagonista de este blog. Engracia tuvo tres hijos varones y una hija, Eloína, que falleció cuando era poco más que un bebé. Todavía recuerdo una lágrima surcando la mejilla de mi abuela Engracia cuando nos hablaba de su única y malograda niña. El mayor de los hijos de Engracia era Vicente, hombre serio, reservado, tremendamente educado y generoso con los sobrinos. Seguramente este carácter venía en parte marcado por las amargas experiencias que vivió durante la Guerra Civil Española. El segundo hijo, Constantino, representa la otra de las dolorosas espinas que mi abuela llevaba clavadas en el corazón, pues a los 19 años de edad, en plena contienda civil, Constantino fue arrestado y fusilado. El tercer hijo de Engracia, Fernando, tuvo la mala suerte de hacer el servicio militar durante la Guerra, por lo que su mili duró 7 largos años, habiéndose visto implicado en acontecimientos tan dramáticos como la Batalla del Ebro. Pese a todo, Fernando era alegre y jovial y, sin duda, uno de los mejores amigos de mi padre. El cuarto y último hijo de Engracia era Joaquín, así que tras lo dicho anteriormente, durante la Guerra Civil, el protagonista de éste blog era el único apoyo con el que contaba mi abuela.
Cuando estalló la Guerra Civil Española, Joaquín García Montoto, contaba con tan sólo 10 años de edad. Me explicaba mi padre como para poder sobrevivir al hambre y a la miseria, cada día tenía que subir desde la calle Capua, pues vivía en el tercer piso del hoy emblemático “Martillo de Capua”, hasta el alto de Pumarín arrastrando una lechera de 10 litros, que luego tenía que bajar llena. Asimismo, me contaba como a mitad de camino se sentaba en una piedra para contemplar los bombardeos a los que Gijón era sometido durante aquellos difíciles días; realmente toda una experiencia para un niño de tan corta edad. Pese a las dificultades del momento, y gracias a la diplomacia e inteligencia de mi abuela, mi padre pudo ser educado correctamente en el que hoy se conoce como Colegio Cabrales, lo que le sirvió para poder optar a un trabajo digno. En efecto, a los 14 años, Joaquín se incorporó como pinche a la Ferretería Gregorio Alonso de Gijón, cuyos almacenes se localizaban en la calle Premio Real. La amistad de Joaquín con el hijo de “Don Gregorio”, el patrón de la ferretería, le sirvió para aprender modales educados y adquirir gustos refinados de los que, siempre que las posibilidades económicas se lo permitían, disfrutó el resto de su vida. Como Joaquín era un incansable y responsable trabajador, además de poseer una educación bastante buena para la época, pronto dejó la bicicleta del pinche y pasó a trabajar en las oficinas.
Como no cabía esperar de otra forma, en el año 1946, Joaquín se incorporó a filas. Le esperaban 3 largos años de mili en el Castillo de la Mota, en Medina del Campo (Valladolid). Sin embargo, creo que la mili de mi padre no fue del todo desagradable. Su astucia, buenos modales y psicología, le permitieron hacerse rápidamente con la situación y disfrutar de una mili larga, pero cómoda. Me contaba mi padre como se había ganado al coronel, un malhumorado y autoritario jefe militar del que iba a depender el resto de la mili. Decía mi padre que “nada más llegar al despacho del coronel, del que a la sazón me habían nombrado ordenanza, encontré que todo estaba sucio y en desorden, por lo que decidí que debía lograr una buena primera impresión. Limpié todo el polvo, ordené los papeles y saqué el brillo a los muebles con cera, tras lo cual bajé hábilmente las persianas, dejando entrar un fino rayo de sol que incidía sobre la mesa recién encerada. Al llegar el coronel, el despacho estaba como los chorros del oro, olía a cera y tenía una sutil iluminación, así que yo me puse firme y le abrí la puerta; ¡el coronel se quedó atónito ante el espectáculo!” Claro está que a partir de ese momento el coronel mimó a mi padre hasta casi la asfixia, pues meses más tarde no encontraba el momento para dejarle irse de permiso debido a la enorme dependencia que había adquirido de su nuevo ordenanza.
Una vez terminado el Servicio militar, volvió a su puesto de trabajo en Gijón, donde mejoró su situación al ser ascendido a administrativo. A los pocos años, conoció a Emma Consuelo San Segundo del Nogal, sin duda la mujer de su vida, con la que en 1955 se casaría. Chelo, como él y todos los amigos la llamaban, le amó, apoyó en todo y le dio una vida familiar feliz. Un año después de casados nació el que suscribe estas líneas, por lo que la vida para un matrimonio joven cargado con un hijo no era fácil. Así, Joaquín, además de su trabajo de cajero en la ferretería, llevaba contabilidades de pequeños comercios gijoneses y componía orlas de distintos colegios e institutos. Por su parte mi madre daba clases particulares a varios niños. Cualquiera pronosticaría que ese exceso de trabajo conllevaría un relativo abandono de las obligaciones familiares, sin embargo esto no fue así, y puedo asegurar que la figura paterna en mi infancia siempre estuvo presente. Recuerdo con nostalgia su amabilidad, ternura y cariño, tanto conmigo como con mi madre y más tarde con mi hermana. Prueba de lo que aquí escribo es que cuando yo navegaba a la deriva por esos difíciles años de la adolescencia, durante las tertulias con mis amigos, uno de los principales temas de conversación era comentar la incomprensión de nuestros padres; pues puedo afirmar que yo sentía cierta frustración dado que nada malo podía decir de los míos. ¿Cómo lo hacía?, pues contando con su familia para todo. Una de las aficiones que pude disfrutar junto a mi padre era la de caminar; pues a él le encantaba dar largos paseos por los alrededores de Gijón, de donde sin duda adquiría material para después pintar sus cuadros. Otro hobbie importante era jugar al ajedrez, así, todos los días después del trabajo se acercaba al café Dindurra o al café Aurora, ambos situados en el paseo de Begoña de Gijón, a jugar su partida. En la misma cafetería mi madre conversaba con las amigas y yo salía a jugar al parque. En casa, durante su tiempo libre, pintaba en nuestra compañía. De esta forma se las arreglaba mi padre para trabajar mucho, estar con la familia y disfrutar de sus aficiones. En 1964 nuevos acontecimientos marcarán la vida de Joaquín y Chelo: nace su hija Covadonga y logran comprar un piso. Obviamente, las estrecheces económicas retornaron a la familia y el golpe de gracia llegó 5 años después, cuando quebró la mal gestionada ferretería Gregorio Alonso. Sin embargo, no eran esos muy malos años pues, como todos sabemos, en España se producía una cierta recuperación económica. Así fue que, durante los años posteriores, Joaquín fue ocupando diversos trabajos, hasta que una importante firma de papeles pintados le ofreció hacerse cargo de la distribución de su mercancía en Asturias. La empresa pronto comenzó a dar beneficios lo que mejoró notablemente las condiciones de vida de la familia. Sin embargo, Joaquín no era un hombre que ambicionase la riqueza. Valoraba más la felicidad familiar, el día a día y tan sólo se permitía una buena comida de vez en cuando. Obviamente, sus colaboradores y rivales no eran así, lo que con el tiempo le costó la imposibilidad de alcanzar algunos de sus sueños. Los años siguientes, seguramente fueron los más holgados y felices de mis padres, el desahogo económico era notable y mi hermana y yo, como todos los niños y jóvenes, estudiábamos y crecíamos, ajenos a posibles reveses de la vida.
Los primeros años de la década de los 80 fueron dramáticos en Asturias, debido a la profunda crisis
que padecía. La destrucción del tejido industrial y el aumento del paro, empobrecieron la región por lo que numerosas empresas se vieron en apuros y las que regentaba mi padre no fueron una
excepción. Muchos de los que al principio eran colaboradores de mi padre, pasaron a ser sus competidores y otros no fueron del todo leales, por lo que en más de una ocasión le dejaron en la
estacada. De haber sido Joaquín algo más ambicioso en temas financieros, sin duda le habría ido mejor en los tiempos malos. Pese a las dificultades, creo que mis padres se bandearon bastante
bien, pues yo ya no era una carga para ellos. De hecho durante esta época fue seguramente cuando mi padre encontró más tiempo libre y, por lo tanto, tuvo una mayor producción pictórica. Otra vez
supo compaginar trabajo, afición y familia. A mediados de los 80, en Asturias las cosas no mejoraban demasiado y mi padre, ya cerca de los 60 años, se consumía en trabajos demasiado tediosos para
su edad. Así fue que cansado ya de trabajar, sólo deseaba jubilarse para estar con su familia y pintar, siendo su única preocupación el futuro de mi hermana, que todavía se encontraba estudiando.
A finales de 1985 comenzó a sufrir un alarmante debilitamiento acompañado de fiebres que le obligaron, seguramente demasiado tarde, a pedir la baja laboral. El diagnóstico médico fue demasiado
dramático: polimiositis, una enfermedad producida por un virus que nunca llegó a detectarse. Esta dolencia afectó a sus músculos, los cuales se le debilitaron de tal manera que la noche del 23 de octubre de 1986, expiraba víctima de un fallo cardiaco. En el lado positivo de éste último año de su vida, queda que fue
testigo de cómo mi hermana tomó satisfactoriamente las riendas de su vida y pudo disfrutar ampliamente de su primer nieto, y único que conoció de los 4 que tuvo.
Joaquín García Montoto pintor
Seguramente mi padre no pasará a la historia como un pintor fuera de serie, pero yo creo que su
calidad humana ha sido la causa de que hoy, todos los que poseen algún cuadro suyo no quieren desprenderse de él. Pienso que de algún modo, impreso en sus cuadros, queda el recuerdo de su
memoria. Pintaba principalmente acuarelas y plumillas de paisajes asturianos, muchas veces por encargo. Así es que se cansó de pintar rincones de Gijón como son la Playa de San Lorenzo, la
Iglesia de San Pedro, la Colegiata o el Palacio de Revillagigedo. Desde mi profano punto de vista, creo que sus principales cualidades como pintor consistían en que era un gran dibujante y tenía
buena intuición a la hora de conseguir efectos luminosos en las acuarelas. Recuerdo alguna ocasión en la que mi padre suspiraba con la posibilidad de hacer una exposición de sus mejores pinturas,
sin embargo su modestia y carácter autocrítico, le alejaron de llevar adelante esa idea. Quisiera que la galería de cuadros que acompaña este texto fuera eso que él quería, es decir, una
exposición de la que disfruten las personas que le conocían y le querían. Por mi parte, me emociono al pensar que cada vez que entréis en este blog os acordareis de mi padre, no tanto por lo bien
que pintaba, sino por lo buena persona que era.
Comentarios y opiniones de familiares y amigos
En este espacio incluiré todos aquellos comentarios que de alguna forma enriquecen ese perfil humano de mi padre.
Elena García Abad (nieta):
Me emociona ver como el legado que nos dejó mi abuelo sigue intacto con el paso de los años. Pese a no haber tenido el gran placer de conocerle en persona, ya que murió tres meses antes de mi nacimiento, puedo decir que tengo un bonito recuerdo de todas esas anécdotas sobre él, que estuvieron presentes desde mi niñez. Espero que todos disfruten tanto como lo hago yo de sus cuadros y gracias a este blog podré seguir conociendo un poco más de la vida de mi abuelo. Gracias papá por descubrirnos y mantener la memoria de mi abuelo.





















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